miércoles 21 de febrero de 2007

El 'Gran Hermano' te vigila...

(Dic 05)


Tal y como escribió George Orwell en su famosa obra 1984, el Gran Hermano es un ser omnipresente, que todo lo sabe, que todo lo escucha, que todo lo dispone y que todo lo ve. Aunque no con un solo ojo, sino con miles.
Algo parecido ocurre en la realidad. Miles de ojos están atentos a cuantos movimientos hagamos, pendientes de cada uno de nuestros pasos: son los objetivos de las cámaras de vídeo que nos rodean de forma masiva en nuestro quehacer diario. Se encuentran en los bancos, en las joyerías, en los juzgados, en las tiendas, en los parkings, en los ascensores, en los autobuses, en los supermercados, en los colegios, en las empresas y hasta en las calles... Nos rodean.
En los populares y polémicos concursos televisivos de telerrealidad del tipo de “Gran Hermano”, una docena de personas se aíslan en una casa, conviven y sus movimientos son controlados y vistos por millones de personas. Todos y cada uno de sus comentarios, todos y cada uno de sus gestos o actos son vigilados, controlados y juzgados por millones de indi-viduos. Estos concursantes pierden cualquier tipo de anonimato, quedando su privacidad reducida a cero. Entrando en un alarmismo profundo, ¿podríamos cuestionarnos con la existencia de miles de objetivos que nos observan en el día a día que podríamos perder nuestra privacidad también?
Efectivamente, las cámaras están por todas partes. Pero no por capricho, sino que su razón de ser radica, fundamentalmente, por motivos de seguridad. Cualquier comercio, empresa, insti-tución u otro ente instala en sus dependencias un equipo cerrado de cámaras de video que captan los movimientos de los individuos que usan sus servicios. Si a uno de ellos se les ocurre robar o hacer actos indebidos, se les pillará con las manos en la masa y sus caretos quedarán inmortalizados en una cinta de video. ¿A cuantos ladrones se les ha pillado mediante este método?
Pero las cámaras no sirven sólo para descubrir a los cacos. Gracias a éstas se han podido identificar a los terroristas que perpetraron atentados tan sangrientos como los del 11 de Septiembre en Nueva York o los del 7-J en Londres. También gracias a éstas se han podido corroborar las sospechas de maltrato hacia niños por parte de sus canguros, se ha podido saber al instante el estado de nuestras carreteras o, incluso, se ha podido descubrir la existencia de fantasmas en algunos lugares (valga esto último sólo para los que crean en la existencia de éstos). En definitiva, velan por nuestra seguridad.
Pero sigamos con la inquietante pregunta de si podemos perder nuestra intimidad. Desde luego, con la reciente aparición en nuestras vidas de las cámaras de vídeo y fotos integradas en los móviles de ultima generación o, simplemente, con la generalización del uso de las videocámaras, nos da, como mínimo, un poco que pensar si nuestra privacidad está en peligro o no.
Cualquier gesto, desde nuestro retrato derramando nuestra sopa en un restaurante o la imagen en la que nuestro vecino pega a su hijo puede aterrizar instantáneamente en una página web: cualquier persona con un teléfono móvil ha podido grabar el video o hacer la foto de la discordia, y ésta puede llegar a ser vista y comentada por millones de personas de forma gratuita. ¿Dónde se encuentra aquí el anonimato de la persona “pillada” con las manos en la masa? ¿Dónde queda en éste caso el derecho a la intimidad y el honor? Simplemente desapa-rece.
Otro dato inquietante es que en este año en España el 70% de los móviles vendidos llevan incorporada cámaras de fotos, frente al 30% de los aparatos clásicos, dato que alienta aún más la pérdida del anonimato y derechos comentados anteriormente.
Estamos inmersos en una nueva era, la “Era de la Comunicación”. Y ésta no sólo trae consigo resultados positivos...