miércoles, 21 de febrero de 2007

Enseñar a dudar

(Julio 06)


Por estas fechas el curso lectivo 2005-2006 ha llegado o llega a su fin en breve en todos los niveles de enseñanza. Las tan merecidas vacaciones ya están aquí, y el calor, también. Los pasados días 20, 21 y 22 de junio tuvieron lugar en toda Andalucía las Pruebas de Acceso a la Universidad, lo que comúnmente se conoce como Selectividad. Miles de alumnos con el bachillerato recién terminado se enfrentaban a la tan “temida” prueba. La verdad es que tenían que ir tranquilos, ya que las estadísticas están ahí: alrededor del 95% de los alumnos que se presentaron el año pasado la superaron. Lo que se supone que es una criba, en realidad no lo es. Como coloquialmente se dice: “aprueba todo el mundo”.
Todos estos alumnos pasan por el puro trámite de estos exámenes, para acceder a una institución de ínfima calidad: el sistema universitario público español. Con el primer curso terminado en una carrera universitaria, reflexioné acerca de la institución, llegando incluso en ocasiones a tener ciertas “crisis existenciales”... Aunque se supone que las universidades son instituciones en las que se debe enseñar a investigar, e intentar formar a librepensadores con sentido crítico y capacidad reflexiva, la realidad es bien distinta. La universidad pretende vincular la investigación a la enseñanza, consciente de que poco vale la enseñanza del que no investiga, pero el modelo de organización en asignaturas y planes de estudio (que se quedan obsoletos en poco tiempo) y sobre todo una forma de enseñanza basada en la lección magistral (en la horita de clase, soltando el rollo), impide alcanzar el objetivo principal de la universidad moderna: enseñar a dudar. La labor del profesor no radica en transmitir los conocimientos adquiridos, tal y como se hace en la actualidad, sino en enseñar a preguntar, orientando el trabajo y promoviendo el desarrollo intelectual y científico de los alumnos, que únicamente se consigue con un dialogo personal. La universidad no tiene como misión repetir lo que ya se sabe y que se puede encontrar en los libros, sino enseñar a preguntar, actividad que solo sería posible con no pocos conocimientos. Hay que ayudar al alumno a que vaya formulando las preguntas que le interesan. La universidad no debe ser un centro superior de divulgación científica, su misión no es enseñar las diversas ciencias, sino enseñar a hacer ciencia. Nada se aprende sin saber por qué y para qué, o al menos así debería ser.
Pero nos encontramos con un gran problema. La investigación con el objetivo primordial de enseñar a preguntar es una meta inalcanzable en universidades públicas como las nuestras, que se encuentran masificadas y cuentan con pocos recursos. En aulas con cerca de doscientos alumnos en ocasiones, ya me dirán ustedes como se consigue que el alumno se haga preguntas e investigue… Se hace imprescindible, por tanto, el aumento de las plazas de docentes y, sobre todo, mejorar la financiación.
Las universidades se han convertido en meros centros de preparación profesional que dejan a un lado el desarrollo intelectual de los individuos y los integran de forma casi milimétrica en el mercado laboral. Preparar buenos profesionales que cuenten en su haber con los conocimientos indispensables para ejercer bien el oficio es un objetivo claro de las universidades, pero se prepara a profesionales incultos, eficientes, pero incapaces de pensar. Las nuevas directrices europeas (que toman nuevas medidas como la reducción de cinco a cuatro años las carreras con título de licenciaturas, por ejemplo) persiguen el modelo universitario norteamericano, consistente en la máxima eficacia y especialización, pero con la mínima capacidad crítica.

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