(abril 2007)
Ya empieza a oler a incienso, ese aroma tan característico y penetrante que invita al recuerdo. Es síntoma de que se acerca una semana especial. En la calle con más solera de la ciudad, la imagen de Cristo en la cruz desfila en silencio. Miles de almas lo contemplan estremecidas, guardando un respeto sepulcral. Las velas de los faroles, que se mueven con el más rígido orden, son las únicas luces que acompañan al trono de Jesús ya muerto. En el otro extremo de la ciudad, otra procesión, esta vez aún más numerosa si cabe, rompe el silencio y la oscuridad. Miles de ‘fieles’ se dirigen a nuestras costas con el orden imperativo que marca el atasco para recibir un gran baño de sol. Es la cara y la cruz, la noche y el día. Todo esto es la Semana Santa.
Es la semana donde reina la hipocresía y la falsedad. De repente, la inmensa mayoría nos volvemos católicos practicantes y pisamos las Iglesias después de largos periodos sin hacerlo. El folclore que esta tradición (y fiesta) conlleva, está muy por encima de sus verdaderos significados, como son la devoción y la fe. Hoy día, la Semana Santa ya no significa del todo religión, como ocurría en sus inicios. Ha dejado de ser sólo una tradición cristiana para incluirse en nuestra cultura, de la cual disfrutamos todos.
Estos días santos son aprovechados por otra gran mayoría de los católicos para tomárselo de vacaciones. La Semana Grande se convierte así en un suculento negocio para los dedicados al sector de la hostelería. Miles de desplazamientos por carretera se llevan a cabo en estas fechas. Este año, las estaciones de esquí, merced a las elevadas temperaturas que hemos padecido, no son el destino más apropiado. El clima de este tiempo ayuda a que los prófugos de la Semana Santa se refugien en la arena de nuestras playas y tomen en este caso un relajante baño de sol, en lugar de fe.
Pero la Semana Santa no sólo se aprovecha para tomarse unas vacaciones. También tiene cabida la diversión, la fiesta, los vinitos, las cervecitas… Y no hace falta ir a la costa para ello. En nuestra propia Semana Santa sería incomprensible un Viernes Santo sin echarse a la calle, comer fuera, beber… Mientras, la dolorosa o el cristo en cuestión aguardan bajo el intenso sol. ¡Y ojo! En otros muchos puntos geográficos de Andalucía esto está bien visto y forma parte de la tradición misma.
A pesar de todo, la Semana Santa es una tradición muy atractiva, singular y tremendamente apasionante. No hay que olvidar a todas aquellas personas que viven intensamente esta semana, que la preparan durante el resto del año con verdadero esfuerzo y tesón para que después veamos el resultado de su trabajo en la Semana de Pasión.
La Semana Mayor ha pasado a formar parte del folclore para la inmensa mayoría. Ya no es época de recogimiento espiritual. Lo Santo de la Semana Santa sólo lo tiene en el nombre.