(agosto 2007)
La sociedad española ha experimentado cambios sociales de gran calado. Las mentalidades salidas del agujero franquista han ido evolucionando y cambiando y en pleno siglo XXI, aparentemente vivimos en una sociedad igualitaria, justa, donde se respeta y tolera al prójimo. Pero, una vez más, todo resulta ser un espejismo.
Me asusto y sorprendo al conocer los resultados de un estudio de la federación andaluza "Colegas”: el 37% de los estudiantes andaluces admiten que les resultaría "difícil o muy difícil" tener amigos que "sean o parezcan" homosexuales. Así que mejor tenerlos lejitos. Los gays y lesbianas son tratados como apestados y parece que no son personas normales. Y sí, señores, son personas… y normales. Presumimos de tener una mente abierta y un carácter liberal pero…. de ‘progres’, nada. Vivimos en una sociedad todavía homófoba, donde choca (y a veces para algunos da ‘asco’) ver a dos personas del mismo sexo pasear por la calle cogidas de la mano o dándose un beso. Es más, a menudo conocemos en los medios de comunicación casos discriminatorios hacia homosexuales.
Más grave es aún que se den rastros de homofobia en nuestro sistema judicial. Un juez dispuso retirar la custodia de dos niñas a una madre lesbiana, y otorgársela a su padre biológico, argumentando que el ambiente homosexual perjudica a los menores y aumenta sensiblemente el riesgo de que éstos también lo sean. Y si lo son (que es discutible), ¿qué problema existiría? Yo que creía que un artículo de nuestra Carta Magna decía algo así como que todos los españoles somos iguales ante la Ley sin que prevalezca discriminación por cualquier condición personal… En lugar de impartir justicia atendiendo a las normas que rigen nuestro Estado de Derecho, se dictan sentencias que mantienen principios morales o religiosos por encima de la libertad y de la ley. Aquí apesta a homofobia.
La Ley de matrimonios homosexuales, aprobada por nuestro Legislador el pasado 2005, supone un gran avance social y sienta las bases del camino hacia la tolerancia. Tal vez sea lo socialmente deseable, pero según las encuestas parece que no molesta que dos personas del mismo sexo se casen. Lo que provoca más recelos es el asunto de adoptar niños. El principal argumento contrario que se da es que la sociedad discriminará a esos niños, que sufrirán humillaciones en el colegio al tener dos padres o dos madres y que no recibirán el mismo cariño que estando con padres de distinto sexo. Pero el cariño que se les dé a los hijos no depende ni del sexo ni de la condición, sino de las personas. En este punto, la educación se convierte en un elemento primordial. Los padres deben educar a sus hijos en valores positivos hacia los homosexuales y enseñarles que es normal que un niño pueda tener dos padres o dos madres, por ejemplo. Pero existe un problema: para inculcar esos valores a los hijos, los padres tienen que creérselos.
Con educación, empeño y abriendo nuestras mentes, entre todos conseguiremos una sociedad más justa, más tolerante y más igualitaria.
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