Buceando por los mares informativos de nuestra Comunidad, que por cierto están un poco descuidados y sucios, me encontré con dos informaciones de enorme contraste. Ernesto Marín, en su último día como alcalde de Chiclana (Cádiz) antes de que una moción de censura lo pusiera de patitas en la calle, inauguró una plaza que llevaba más de siete años construida. Un hecho insólito. ¿Que se deje algo sin inaugurar durante tanto tiempo? ¿Pero eso dónde se ha visto? Otro caso, completamente distinto: el grupo socialista de Marbella, la ex ciudad del lujo y el glamour, acusó a la alcaldesa, Ángeles Muñoz, de inaugurar tres rotondas que ya lo habían sido cuando era candidata. Bueno, esto ya va siendo más normal.
De las actividades organizadas con la finalidad de conseguir cobertura mediática, como las ruedas de prensa, inauguraciones y cortes de cintas, a mí personalmente me encantan las colocaciones de primeras piedras. Tienen una escenografía muy peculiar. En ellas, los que trabajan de verdad son los pobres obreros. Tienen que cavar un socavón en el suelo donde se colocará una urna transparente que contendrá el periódico del día y tonterías varias. Luego llegan los dirigentes. Trajeadísimos, se pringan como uno más. Cogen la pala, y con un arte innato, la hincan en un montoncito de tierra de las inmediaciones para posteriormente descargarla en el socavón y tapar la urna. El mismo proceso lo siguen los demás colegas presentes. Para terminar, el público asistente, eufórico, feliz y entusiasmado, aplaude con todas sus fuerzas el buen trabajo de sus próceres. Luego se van, y dejan a los pobres obreros destapando el agujero porque en ese mismo lugar va parte de la obra a realizar. Toda esta parafernalia solo para la foto, que les encanta.
Bromas aparte, con estas situaciones se le da un excesivo protagonismo, sobre todo en los medios de difusión local, a nuestros gobernantes en detrimento de la ciudadanía, que pierde su voz o se queda medio afónica. Los vecinos y vecinas deberían ser los verdaderos protagonistas de estos actos.
Además, con este llamado ‘periodismo de declaraciones’, la profesión pierde su esencia. Todo está regido por una agenda, la que marcan las instituciones y organizaciones, y la realidad social se construye a partir de las declaraciones pronunciadas por personajes públicos. El periodista se limita a reproducir lo que éstos le dicen, dejando así de interpretar la realidad. Todos los medios dan las mismas informaciones y ninguno se atreve a innovar y a contar otras cosas que pasan y que tienen como protagonistas a ciudadanos anónimos. El periodismo de corbatas ciega la naturaleza del periodismo de verdad, el que tiene la iniciativa, el que busca informaciones y no se conforma con que se las den casi masticadas.
Claro que los gobernantes tienen que aparecer en los medios para explicar los progresos de su respectiva ciudad o zona de influencia, pero sin abusar. No hay que inaugurarlo todo, no hay que organizar una fiesta para estrenar infraestructuras millonarias ni llegar al punto de inaugurar cada losa que se ponga.

