(marzo 2008)
Los dos lunes pasados asistimos a un acontecimiento histórico. Al final no fue debajo de un puente, sino en dos escenarios distintos: el recinto ferial de Madrid (IFEMA) y en el Palacio Municipal de Congresos de la capital. Después de que nos privaran casi 15 años de este derecho por oportunismo político, ¡por fin tuvimos debates! Al final se pusieron de acuerdo, aunque les costó lo suyo.
Las cinco principales cadenas de televisión de nuestro país se ofrecieron a organizarlos, dando sus propios argumentos: Televisión española defendía su posición como cadena de servicio público; por su parte Telecinco afirmaba que es la cadena más vista; Antena 3 decía faltando a la verdad que emite los informativos más seguidos del país; y Cuatro y La Sexta… pues… sin argumentos.
Tras dejar sobre el terreno diferentes negativas como el rechazo a TVE por no considerarla neutral -¿sí lo era en la etapa Urdaci?-, y tras desprenderse de la idea de favorecer a toda costa a las dos grandes privadas, aceptaron la propuesta de la señal única ofrecida por la Academia de la Televisión. Telecinco y Antena 3, mostrando un evidente egoísmo, enfurecieron tras conocer esta decisión. La cadena de Berlusconi abandonó definitivamente la Academia (pues ya no me junto) y Antena 3 dijo que se negaba a ser un “mero poste repetidor” de la señal única (pues yo tampoco), además de asegurar que se había “ignorado su capacidad profesional” para organizar los debates. Niñerías.
Los dos ‘combatientes’ lo dejaron todo atado, y bien atado. Demasiado atado. Establecieron más de 50 condiciones, algunas de ellas irrisorias, como la temperatura del plató que debía estar a 21 grados, o el control de los tiempos por parte de cronometradores de baloncesto. Con el primer debate nos llevamos un chasco. ¿Y tanto, para esto? ¿Este era el debate que estábamos esperando durante quince años? El segundo ‘cara a cara’ fue mucho más intenso y encendido.
El primer debate superó en audiencia a los dos ‘cara a cara’ de Felipe González y José María Aznar en 1993, congregando a 13.043.000 telespectadores -60 personas de cada 100 que estaban viendo la televisión sintonizaron con el encuentro-, lo que supone el programa más visto de la historia de la televisión en España, por lo menos desde que se empezaron a medir las audiencias, allá por 1992.
Pero en lugar de ser un espectáculo, fue una mera sucesión de monólogos, con planos cortos y fijos que hacían poco ágil el transcurso del debate y contraplanos brevísimos. La realización, ejecutada por el histórico Fernando Navarrete, fue plana, monótona y lineal. Y todo ‘moderado’ por un resucitado Campo Vidal que portaba una vestimenta que daba pena y por una Olga Viza muy correcta. Visto lo visto, se podrían haber arreglado sin moderador-marioneta, bajando el micrófono al final de cada turno y poniendo una pantalla con el título del apartado. No notaríamos la diferencia.
En general, las retransmisiones, que costaron cerca de la friolera del millón de euros, resultaron ser muy poco espontáneas y muy poco televisivas, como los dos contertulios.
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