(mayo 2008)
En los distintos días del calendario dedicados a algún tipo de conmemoración, unas tan tontas como el día de la novia o el de los padrinos, se ha de tener en cuenta especialmente uno, el Día Mundial de la Libertad de Prensa, que se celebró el pasado 5 de mayo. Precisamente, esa libertad en los tiempos que corren no es tal. Más que libertad, es cárcel. Las cosas no son tan bonitas como parecen o nos pintan, sino todo lo contrario.
No son buenos tiempos para ser periodista. Esta es la conclusión que extraen las organizaciones Reporteros Sin Fronteras y Freedom House, ambas dedicadas a velar por la libertad para ejercer esta profesión. En este momento, 129 profesionales de la comunicación están entre rejas por haber difundido informaciones que resultaron ser incómodas. Desde que comenzó enero, casi una decena de periodistas han sido asesinados en diversos lugares en conflicto. Sin duda, estos son los peores escenarios para la libertad de expresión… pero hay otros.
Los países en los que la represión está a la orden del día y en los que sólo existe una verdad oficial incuestionable no son los únicos enemigos de los periodistas. También lo son los grupos religiosos extremistas, los narcotraficantes, las mafias, los movimientos independentistas y algunos grupos ideológicos. Pero también hay dos peligros que pueden pasar con sigilo ante nosotros. La publicidad de su marca es lo esencial, por eso las multinacionales coaccionan a los medios de comunicación e intentan modelar a su antojo el mensaje que ofrecen para obtener un beneficio propio. Las grandes empresas de comunicación condicionan a su vez a sus profesionales del periodismo por motivos económicos o ideológicos. En este contexto tan maravilloso, ¿puede ser libre el periodista? Sobran las palabras.
Reina el masoquismo. Parece que a los propios colegas de profesión les gusta este cachondeo. Lo digo porque hay un serio conformismo y falta de respuesta de los propios periodistas ante las situaciones de restricción de libertades, presiones y amenazas sufridas por colegas de profesión. Si no se defienden entre ellos mismos, ¿quién lo hará en su lugar?
Además, no sólo nos vamos a acordar de la crisis económica cada vez que vayamos a echar mano al bolsillo. La precariedad laboral es el otro gran riesgo que se une a las amenazas a la libertad de expresión existentes en España y que se va a ver agravada por la crisis económica. Las redacciones a buen seguro verán con sus propios ojos cómo se producen reajustes.
Todo esto que les digo repercute en la calidad de la democracia y en los ciudadanos, claro está. Mientras se tenga a los periodistas en esta situación, y mientras que las cosas no cambien, el derecho a la información no se podrá alcanzar plenamente y, por tanto, la democracia no será todo lo buena que deseamos.
Y para colmo, el periodismo es una de las profesiones peor valoradas por la sociedad. Para echarse a llorar…