(septiembre 2008)
Dicen de nosotros que vivimos una vida libre de problemas. Que estamos logrando la ecuación de cómo ser eficaces y alegres al mismo tiempo. Que tenemos un contagioso entusiasmo por la vida. Que confiamos mucho en nosotros mismos pero que a veces somos despreocupados e individualistas. Así somos. O al menos así es como nos ven desde fuera de nuestras fronteras. Autores de varias guías turísticas escritas en países como Francia, Italia o Alemania, y corresponsales de prensa extranjera, en un libro titulado ‘¡Vaya País!, ofrecen su particular visión de los españoles.
Mientras que llevamos siglos peleando por la idea de España, en esas crisis de identidad que nos dan a veces, los extranjeros lo tienen claro: siesta, vitalidad y juerga son tres palabras que nos definen a la perfección. ¡Toma simpleza! Pero hay algo, según ellos, que confiere unidad al país: el tapeo. Los famosos topicazos de la siesta, los toros y el flamenco (sí, la España de pandereta y circo) aún perduran. De que no damos un palo al agua y de que nos gusta más una fiesta que a Pocholo casi nos olvidamos: "La sociedad española trabaja, e incluso conoce el estrés", dice un periodista galo. La verdad es que me deja mucho más tranquilo. Ya vamos avanzando algo y hasta nos estresamos. Pero este retrato de pueblo despreocupado y fiestero que tiene el imaginario popular es una especie en vías de extinción. Y todo por culpa de nuestra progresiva europeización, que nos ha ido transformando y modernizando poco a poco.
Dicen que hablamos muy alto. Algunos, incluso, piensan que no hablamos sino que gritamos. Es la cultura, la nuestra, de hablar fuerte y rápido, y si puede ser, al mismo tiempo que nuestro interlocutor. Los corresponsales extranjeros no se lo explican, y yo, como indígena, tampoco. Sólo se me ocurre que a veces gritar es una ilusa manera de querer tener razón.
También sabemos por estos extranjeros que tenemos una gran capacidad autocrítica (aunque no nos sirva para cambiar), y que las alemanas no se depilan. Van por ahí con el bigote a lo Dalí y con piernas y axilas peludas, como un oso. Lo digo porque para los germanos lo más chocante es que el vello corporal es tabú para las mujeres españolas.
Además, somos pacientes y no protestamos. Una observación muy aguda a la par que cegata. Aunque tenemos motivos de sobra para quejarnos. El ‘vuelva usted mañana’ a la hora de hacer papeleos lo conocemos de sobra. "España tiene muchas virtudes, pero los trámites no son su fuerte", saltó una lista extranjera. Bienvenida a nuestra ‘burrocracia’.
Pero los tópicos son eso, tópicos. Imágenes muy generales que a veces no se ajustan a la realidad. Estamos bañados en un gran océano de estereotipos que son difícilmente extrapolables a más de 40 millones de personas y a un territorio tan complejo y controvertido como el nuestro. Tal vez los de fuera se hayan quedado sólo con una parte de cómo somos y sentimos. Tal vez nosotros los hayamos utilizado en beneficio propio, para favorecer el desarrollo del turismo, por ejemplo.
Dicen de nosotros que vivimos una vida libre de problemas. Que estamos logrando la ecuación de cómo ser eficaces y alegres al mismo tiempo. Que tenemos un contagioso entusiasmo por la vida. Que confiamos mucho en nosotros mismos pero que a veces somos despreocupados e individualistas. Así somos. O al menos así es como nos ven desde fuera de nuestras fronteras. Autores de varias guías turísticas escritas en países como Francia, Italia o Alemania, y corresponsales de prensa extranjera, en un libro titulado ‘¡Vaya País!, ofrecen su particular visión de los españoles.
Mientras que llevamos siglos peleando por la idea de España, en esas crisis de identidad que nos dan a veces, los extranjeros lo tienen claro: siesta, vitalidad y juerga son tres palabras que nos definen a la perfección. ¡Toma simpleza! Pero hay algo, según ellos, que confiere unidad al país: el tapeo. Los famosos topicazos de la siesta, los toros y el flamenco (sí, la España de pandereta y circo) aún perduran. De que no damos un palo al agua y de que nos gusta más una fiesta que a Pocholo casi nos olvidamos: "La sociedad española trabaja, e incluso conoce el estrés", dice un periodista galo. La verdad es que me deja mucho más tranquilo. Ya vamos avanzando algo y hasta nos estresamos. Pero este retrato de pueblo despreocupado y fiestero que tiene el imaginario popular es una especie en vías de extinción. Y todo por culpa de nuestra progresiva europeización, que nos ha ido transformando y modernizando poco a poco.
Dicen que hablamos muy alto. Algunos, incluso, piensan que no hablamos sino que gritamos. Es la cultura, la nuestra, de hablar fuerte y rápido, y si puede ser, al mismo tiempo que nuestro interlocutor. Los corresponsales extranjeros no se lo explican, y yo, como indígena, tampoco. Sólo se me ocurre que a veces gritar es una ilusa manera de querer tener razón.
También sabemos por estos extranjeros que tenemos una gran capacidad autocrítica (aunque no nos sirva para cambiar), y que las alemanas no se depilan. Van por ahí con el bigote a lo Dalí y con piernas y axilas peludas, como un oso. Lo digo porque para los germanos lo más chocante es que el vello corporal es tabú para las mujeres españolas.
Además, somos pacientes y no protestamos. Una observación muy aguda a la par que cegata. Aunque tenemos motivos de sobra para quejarnos. El ‘vuelva usted mañana’ a la hora de hacer papeleos lo conocemos de sobra. "España tiene muchas virtudes, pero los trámites no son su fuerte", saltó una lista extranjera. Bienvenida a nuestra ‘burrocracia’.
Pero los tópicos son eso, tópicos. Imágenes muy generales que a veces no se ajustan a la realidad. Estamos bañados en un gran océano de estereotipos que son difícilmente extrapolables a más de 40 millones de personas y a un territorio tan complejo y controvertido como el nuestro. Tal vez los de fuera se hayan quedado sólo con una parte de cómo somos y sentimos. Tal vez nosotros los hayamos utilizado en beneficio propio, para favorecer el desarrollo del turismo, por ejemplo.

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