miércoles, 7 de enero de 2009

Ladrones y detectives

(enero 2009)

Érase una vez una feliz pareja de novios que allá por 2005 celebraba su banquete de bodas en un restaurante de un pueblo sevillano. Felices y radiantes, después de haberse ‘hinchao’ de comer, bailaban al son de la música acompañados de sus más selectos invitados. Todo era un camino de rosas hasta que con la SGAE se toparon. Entre la multitud había un intruso. Se trataba ni más ni menos que de un detective contratado por la Sociedad General de Autores y Editores. Su cometido consistía en grabar con una cámara oculta, mientras se hartaba de langostinos y jamón del bueno, si las canciones que sonaban estaban protegidas con derechos de autor. La sociedad quería de esta forma defender sus derechos al tiempo que violaba otros fundamentales: la intimidad y el honor.
El restaurante fue condenado a pagar 43.179 euros por usar música sin pagar los derechos de autor, aunque el juez rechazó el vídeo como prueba al haberse realizado sin el consentimiento de los novios, como la ley manda. Pero el cazador fue cazado, y su método de espionaje le salió muy caro. Tras el recurso de la sentencia, la SGAE fue condenada a pagar más de 60.000 euros por su deshonrosa hazaña.
Un año más tarde, en su enfermizo afán recaudatorio, los del guante blanco han vuelto a usar un vídeo de una boda para demostrar que en el salón donde se celebraba el convite se estaban violando los derechos de autor. A estos novios un traidor les aguó la fiesta. En esta ocasión, la grabación fue captada por un familiar que asistió como invitado, y que posteriormente la facilitó a sociedad.
La filosofía de la SGAE es cobrar en cualquier situación, sin renunciar a sus comisiones ni siquiera en actos benéficos. Cobró 45.000 euros a TV3 por ‘La Marató’, un programa solidario emitido en la cadena catalana estas navidades, y en el que los artistas actuaron de manera altruista. A pesar de ceder todos sus derechos, la sociedad los recaudó igualmente.
Gracias a estas y otras actuaciones, muchas de ellas sin el respaldo de la justicia, la SGAE se ha convertido en un odiado y oscuro ente cuya obsesiva misión es encontrar hasta debajo de las piedras cualquier pieza musical por la que no se haya pagado su reproducción. Su voracidad recaudatoria alcanza a las residencias de ancianos, las fiestas populares, bares y discotecas, juguetes, cines, autobuses escolares y hasta a ‘sex shops’... Con tanto proteccionismo es posible que esté minando lo protegido.
Y a partir de ahora, ya lo saben: Cuidadito con la SGAE que ya conocemos cómo se las gasta. Si son de los que cantan bajo la ducha y en un momento dado ven por un agujerito que alguien les está grabando con una cámara oculta, no se asusten y sonrían: es uno de la SGAE. El día menos pensado nos encontramos que hasta nuestros ronquidos tienen derechos de autor. Todo es posible.