(abril 2009)
Unas cuantas personas (de 10.000 a 500.000, según quien calcule) salieron a la calle para protestar contra la reforma de la ley del aborto que prepara el Gobierno. Fue una ‘manifa’ en plan guay, en un ambiente festivo, con DJ y todo, en la que el numeroso público asistente entonaba canciones a la par que proclamas antigobierno-antiaborto. Su misión: ‘defender la vida’. Por momentos algo me reconcome por dentro. Si yo no estuve allí, ¿eso quiere decir que yo respaldo la muerte? La respuesta cae por el propio peso de la evidencia. Las proclamas de esa manifestación, por su propia naturaleza falaz y manipuladora.
Proponer el debate de la reforma de la ley del aborto en el momento actual es hipócrita. Este espinoso asunto ya se discutió hace 25 años. En aquel entonces surgió una ley que ha permitido abortos durante todo ese tiempo sin que nadie haya dicho nada. Además, una ley de plazos como la prevista no amplia sino que actualiza y delimita el alcance de la ley. En medio del barullo de las protestas están las mujeres, las verdaderas protagonistas y, sin embargo, las auténticas olvidadas. No cabe pensar que las que han decidido abortar se encuentren en una situación agradable. Ninguna aborta por placer. En esa situación traumática, es a ellas a las que hay que proteger más que nada. Por tanto, lo más sensato es dotarles de un marco jurídico adecuado.
De nuevo la Iglesia hace política. Esta vez, como su doctrina manda, oponiéndose a todo lo relacionado con el aborto. Los obispos, mediante una campaña publicitaria, han denunciado que las especies protegidas de la fauna tienen mayor protección jurídica que el no nacido. Comparar a un bebé (por cierto, un poco feo) con un lince, que encima no es ibérico, es un poco exagerado y demagógico. Además, de una manera peligrosa han jugado a hacer justicia: aseguraron que la ley que no proteja el derecho a la vida es una ley injusta y que incluso no tiene carácter de ley. La campaña tiene un coste de 250.000 euros, que hubieran estado bien invertidos en los más necesitados. Lo peor es que el pastón que se ha gastado la Conferencia Episcopal lo sufragamos entre todos, gracias al Gobierno, al que tanto desprecian por cierto.
Ni la Semana Santa se libra de la política y de la polémica ley. Los hermanos mayores de las cofradías de Córdoba han acordado que los pasos de esta ciudad luzcan lazos blancos contra el aborto. Casi por definición, es normal que las cofradías se opongan al aborto, pero hay que preguntarse si ese marco es el idóneo para inmiscuir un tema político tan controvertido. Con esta acción se quebranta la naturaleza de esta semana de encuentro. No pueden politizarse unos actos tan sentidos, donde participan un amplio abanico de personas con creencias tan dispares.
Quizás lo que se pretenda con todo esto sólo sea armar jaleo. Lo que cuesta en este país avanzar en igualdad y libertad… Vamos a trancas y barrancas, como siempre.
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