(noviembre 2009)
No, no me han dado calabazas esta vez, aunque no prometo que me las vayan a dar la próxima. Me niego a sucumbir esa dichosa fiesta de los monstruos, vampiros y fantasmas, y en la que pandillas de chavales disfrazados (pobres de ellos) han caído en la trampa y van aporreando las puertas de sus vecinos para llenar sus bolsillos de chucherías o dinero o para hacer alguna trastada. Me niego a sucumbir la invasión Halloween.
Me niego a sucumbir una imposición del marketing hollywoodiense, importada gracias al imaginario que transmiten las películas y series de ficción estadounidenses y alimentada por los medios de comunicación españoles, que le dan todo el bombo que pueden… y más. Me niego a aceptar esa imposición, que nos lleva a actuar y a vivir de una manera en la que ni siquiera reflexionamos.
Me niego a rendirme ante una fiesta que nos atrapa en la telaraña del consumismo. La realidad es bien explícita: en los últimos cinco años esta festividad se ha convertido en un auténtico ‘boom’. Los empresarios de esto hablan incluso de un segundo Carnaval. Venden muchos más disfraces en Halloween que en el propio Carnaval. Además, los bares y las discotecas se benefician de este negocio. Y nosotros caemos en eso. Será porque, tratándose de una fiesta, ahí estamos los españoles, se celebre lo que se celebre, y se celebre como se celebre.
La Iglesia lo tiene claro: advirtió de que Halloween tiene un trasfondo anticristiano. Yo pensaba que esta ‘fiesta’ podría ser hortera, invasiva, ‘proyanki’, siniestra… pero, ¿anticristiana? Según la institución, pretende acabar con la “arraigada y beneficiosa tradición” de la festividad de los santos y de los difuntos. Eso si que es ver fantasmas... Según los obispos, el peligro radica en que “costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos". ¿¿¿??? ¿La Iglesia sintiéndose atacada? Parece que tiene un poco de amnesia y se olvida de que hace muchos años desplazó costumbres que llama paganas.
Hagamos memoria. La fiesta de Halloween tiene un origen céltico… y pagano, sí. Como otras muchas fiestas consideradas así, fue posteriormente cristianizada, con cambio de fecha y nombre incluido. No olvidemos, por ejemplo, que la Navidad y San Juan se impusieron para atraer al catolicismo a los paganos que celebraban el solsticio de invierno y verano, respectivamente. Vamos, que se apropian de las fiestas y luego olvidan que no son suyas. Para su tranquilidad (o no), la versión de Halloween que nos llega es la más comercial y ninguno se toma esta celebración en todo su significado, más que nada porque nadie sabe lo que celebra.
Sea como fuere la historia, que cada uno contará de una manera, he de reconocer algo: la cultura cristiana se lo monta mejor en temas gastronómicos. ¿Quién cambiaría una calabaza por un hueso de santo o los deliciosos buñuelos? Yo desde luego no.