(diciembre 2010)
Zapatero sigue utilizando la tijera de los recortes sociales y el traje hecho a medida de los mercados y de Europa está quedando ‘monísimo’. Hace tres meses dijo que descartaba nuevas medidas para reducir el déficit público. Pero donde dije que no, luego es que sí, y más si los mercados andan revueltos y necesitan ser calmados. Lo último, y lo más grave: la eliminación del subsidio de 426 euros para los desempleados, algo que deja sin ningún tipo de ingreso a miles de españoles. Esto ya es pasarse más de tres pueblos.
Pese a todo, el presidente que ha llevado a cabo el mayor recorte social de la historia democrática en el periodo de tiempo más corto afirma no haber traicionado sus principios e insiste en que es progresista… Sí, y mi abuela es astronauta. Ante todo hay que mantener las apariencias. Zapatero es consciente de que va cuesta abajo y sin frenos, y que el batacazo en las próximas citas electorales va a ser mayúsculo. Confía en que lo que queda de legislatura pueda recuperar la confianza de los españoles. Pero es una tarea sumamente complicada, porque la ha perdido toda.
De hecho, el Gobierno ya sólo puede apelar a la fe de los ciudadanos, y eso es siempre algo jodido. Tal vez muchos están dispuestos a confiar en él, porque piensan que entre lo malo y lo peor es mejor quedarse con lo malo. Pero la inmensa mayoría ya no le cree. Dijo, cuando la crisis empezaba, que durante la presente legislatura se lograría el pleno empleo en España carácter definitivo. Ahora tenemos record de parados. Luego afirmó que España había entrado en la Champions League de la economía mundial. Ahora muchos países no se fían ni un pelo de nosotros. También dijo que descartaba nuevos recortes para reducir el déficit porque “no había una objetiva necesidad”. Y los últimos que se han producido son quizás los peores.
Parece que el Gobierno ha creado las condiciones adecuadas con la crisis para que todo lo que digan se pueda usar contra ellos, como suele sucederle a los malos de la película, a pesar de que la oposición haya actuado irresponsablemente sin contribuir un ápice a mejorar la situación del país. El panorama está muy negro, negrísimo para el PSOE. Sin quererlo, o sí, quién sabe, le está allanando el camino a su principal rival. Autoinmolarse se llama eso…
lunes, 20 de diciembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
Borregos consentidos
(noviembre 2010)
Deplorable. Esa imagen tiene de los políticos la gran mayoría de los jóvenes españoles. Y las razones para pensar así de ellos son demoledoras: "buscan antes sus propios intereses, los de su partido o los de las multinacionales y los bancos que los intereses de los ciudadanos”. No lo digo yo, sino el informe ‘Jóvenes Españoles 2010’ elaborado por la Fundación SM. Viendo estos datos, me pregunto qué sociedad democrática se puede esperar cuando la gran masa de votantes del futuro no cree en los políticos ni en la política. Lo más grave es que más de la mitad piensa que ésta no tiene que ver con ellos ni afecta, en absoluto, a su vida privada. No sé qué futuro nos espera pensando así. Nos hemos convertido en unos perfectos borregos, unos borregos consentidos. No sabemos lo que pasa en la política, y ni siquiera lo queremos saber. Así que pueden hacer con nosotros lo que quieran. Además, los jóvenes de hoy en día por no creer no creen ya ni siquiera en el futuro. Casi la mitad declara su falta de confianza en un futuro prometedor, independientemente de la crisis económica. Aunque en este caso somos pesimistas con causa, por todo lo que nos está tocando y tocará vivir.
Se dice de nosotros, los jóvenes, que no somos buena generación, que somos la generación perdida. Se nos acusa injustamente de no tener más preocupación en la vida que salir de fiesta o hacer botellón. Pero el mundo que hemos heredado es penoso. Nos han mentido. Nos han prometido una sociedad libre, segura y democrática y una vida digna, y todo es mentira. No hay nada eso. Somos víctimas de un sistema que nos ha dado de lado, de un sistema injusto en el que no hay margen para la participación porque la toma de decisiones parte siempre de los mismos, de los más poderosos. Pero ante esto, me inquieta ver que ya ni nos quejamos. ¿Qué ha sido de la rebeldía juvenil? Lejos quedan los días de revueltas estudiantiles, asambleas universitarias y manifestaciones multitudinarias de décadas pasadas. La solución no es agachar la cabeza, recibir collejas y aceptar todo lo que venga porque creamos que no somos capaces de cambiar las cosas. Porque con esa actitud de pasividad no vamos a ningún lugar. Porque está en nuestras manos cambiar las cosas.
Deplorable. Esa imagen tiene de los políticos la gran mayoría de los jóvenes españoles. Y las razones para pensar así de ellos son demoledoras: "buscan antes sus propios intereses, los de su partido o los de las multinacionales y los bancos que los intereses de los ciudadanos”. No lo digo yo, sino el informe ‘Jóvenes Españoles 2010’ elaborado por la Fundación SM. Viendo estos datos, me pregunto qué sociedad democrática se puede esperar cuando la gran masa de votantes del futuro no cree en los políticos ni en la política. Lo más grave es que más de la mitad piensa que ésta no tiene que ver con ellos ni afecta, en absoluto, a su vida privada. No sé qué futuro nos espera pensando así. Nos hemos convertido en unos perfectos borregos, unos borregos consentidos. No sabemos lo que pasa en la política, y ni siquiera lo queremos saber. Así que pueden hacer con nosotros lo que quieran. Además, los jóvenes de hoy en día por no creer no creen ya ni siquiera en el futuro. Casi la mitad declara su falta de confianza en un futuro prometedor, independientemente de la crisis económica. Aunque en este caso somos pesimistas con causa, por todo lo que nos está tocando y tocará vivir.
Se dice de nosotros, los jóvenes, que no somos buena generación, que somos la generación perdida. Se nos acusa injustamente de no tener más preocupación en la vida que salir de fiesta o hacer botellón. Pero el mundo que hemos heredado es penoso. Nos han mentido. Nos han prometido una sociedad libre, segura y democrática y una vida digna, y todo es mentira. No hay nada eso. Somos víctimas de un sistema que nos ha dado de lado, de un sistema injusto en el que no hay margen para la participación porque la toma de decisiones parte siempre de los mismos, de los más poderosos. Pero ante esto, me inquieta ver que ya ni nos quejamos. ¿Qué ha sido de la rebeldía juvenil? Lejos quedan los días de revueltas estudiantiles, asambleas universitarias y manifestaciones multitudinarias de décadas pasadas. La solución no es agachar la cabeza, recibir collejas y aceptar todo lo que venga porque creamos que no somos capaces de cambiar las cosas. Porque con esa actitud de pasividad no vamos a ningún lugar. Porque está en nuestras manos cambiar las cosas.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Así, no
(octubre 2010)
Ha pasado un mes de la ‘Huelga General’ y ya nadie se acuerda de ella. No ha servido para nada, y eso se sabía en el momento en que se convocó. Fue una pantomima desde el principio, una farsa pactada y planificada para que ninguno saliera perdiendo: los sindicatos no querían hacer daño a un gobierno que tampoco quería que fracasara el paro.
Y además, llegaba tarde, cuando el daño ya estaba hecho. Tiempo tuvieron los sindicatos para convocarla cuando la reforma laboral estaba tramitándose, y no cuando ya estaba en vigor. Pero no es de extrañar que tardasen tanto en dar el primer paso. Han formado parte de la maquinaria política que ha apoyado a Zapatero hasta la fecha, cómplices de un gobierno que les ha mantenido callados, millones mediante, mientras la cola del paro iba creciendo hasta niveles insostenibles. No sé quién de los dos se está riendo más de mí.
Más que una huelga general, fue un fracaso general: ni se consiguió el respaldo masivo que esperaban ni se paralizó el país, por mucho que se empeñen en decir lo contrario. Nadie se cree que la participación fuese del 70% de los asalariados, un porcentaje que en ocasiones multiplicaba hasta por diez los datos del Gobierno y las organizaciones empresariales. Cifras disparatadas e irreales que también se dieron respecto a la asistencia a las diferentes ‘manifas’ repartidas por todo el país.
Los piquetes coactivos fueron los protagonistas de la jornada. Se encargaron de obligar a la gente a no trabajar (y ríase usted de la libertad de huelga). Unos piquetes que también se dedicaron a paralizar el transporte por carretera, impedir la salida de los autobuses urbanos, y bloquear los mercados de abastos. Y todo por las malas. Pero olvidaban estos huelguistas que los avances se consiguen convenciendo con la palabra, no con el palo en la mano. La amenaza y la coacción no son el camino para luchar por nuestros derechos.
Los sindicatos quemaron su último cartucho en una huelga que se volvió contra ellos. Fueron los grandes perdedores, y deberían tomar nota de la lección. Porque han sido cómplices de una política económica que ha elevado el paro a casi cinco millones de personas. Porque muchos trabajadores no creen que defiendan sus intereses. Porque han creado una estructura de privilegiados alejada de los problemas reales de los trabajadores. Sindicatos: así, no. Yo no fui.
Ha pasado un mes de la ‘Huelga General’ y ya nadie se acuerda de ella. No ha servido para nada, y eso se sabía en el momento en que se convocó. Fue una pantomima desde el principio, una farsa pactada y planificada para que ninguno saliera perdiendo: los sindicatos no querían hacer daño a un gobierno que tampoco quería que fracasara el paro.
Y además, llegaba tarde, cuando el daño ya estaba hecho. Tiempo tuvieron los sindicatos para convocarla cuando la reforma laboral estaba tramitándose, y no cuando ya estaba en vigor. Pero no es de extrañar que tardasen tanto en dar el primer paso. Han formado parte de la maquinaria política que ha apoyado a Zapatero hasta la fecha, cómplices de un gobierno que les ha mantenido callados, millones mediante, mientras la cola del paro iba creciendo hasta niveles insostenibles. No sé quién de los dos se está riendo más de mí.
Más que una huelga general, fue un fracaso general: ni se consiguió el respaldo masivo que esperaban ni se paralizó el país, por mucho que se empeñen en decir lo contrario. Nadie se cree que la participación fuese del 70% de los asalariados, un porcentaje que en ocasiones multiplicaba hasta por diez los datos del Gobierno y las organizaciones empresariales. Cifras disparatadas e irreales que también se dieron respecto a la asistencia a las diferentes ‘manifas’ repartidas por todo el país.
Los piquetes coactivos fueron los protagonistas de la jornada. Se encargaron de obligar a la gente a no trabajar (y ríase usted de la libertad de huelga). Unos piquetes que también se dedicaron a paralizar el transporte por carretera, impedir la salida de los autobuses urbanos, y bloquear los mercados de abastos. Y todo por las malas. Pero olvidaban estos huelguistas que los avances se consiguen convenciendo con la palabra, no con el palo en la mano. La amenaza y la coacción no son el camino para luchar por nuestros derechos.
Los sindicatos quemaron su último cartucho en una huelga que se volvió contra ellos. Fueron los grandes perdedores, y deberían tomar nota de la lección. Porque han sido cómplices de una política económica que ha elevado el paro a casi cinco millones de personas. Porque muchos trabajadores no creen que defiendan sus intereses. Porque han creado una estructura de privilegiados alejada de los problemas reales de los trabajadores. Sindicatos: así, no. Yo no fui.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Los abanderados del miedo
(septiembre 2010)
Primero fue un pastor radical de una pequeña Iglesia cristiana de Estados Unidos, que no llevaba cabras pero que sin duda estaba como ellas, el que propuso una quedada para quemar ejemplares del Corán. En 30 años de vida pastoral este tío no consiguió más de 50 feligreses, pero en un solo segundo logró el odio y la indignación violenta de miles de fanáticos al otro lado del mundo.
Después, el presidente francés ponía en marcha su brillante plan de expulsar a gitanos rumanos y búlgaros. Para Nicolás Sarkozy esta gente sobra, y por eso hay que devolverlos a su país. Se van con los gastos pagados, pero con una mano delante y 300 euros en el bolsillo. Toda una lección de civismo, tolerancia y humanidad. Mientras, Zapatero, bajándose los pantalones, le da su apoyo. Yo creía que los ciudadanos de Rumanía, incluidos los gitanos, tenían libertad de movimiento por todo el continente como europeos que son. Pero parece que no. Lo peor de todo es que se culpabiliza a todo un colectivo de determinados “males” en vez de a cada uno como persona, ya sea gitano, blanco, latino, guapo o feo.
Y en un oportunismo asqueroso, la lideresa del PP en Cataluña, Alicia Sánchez Camacho, y una europarlamentaria de Sarko se fueron a buscar gitanos rumanos por un barrio de Badalona. Las dos juntitas esparcieron la semilla del odio, el racismo y la xenofobia, y buscaron votos hasta en lo más mísero. Les acompañaba todo un experto en estos espectáculos bochornosos, el colega de los folletos de “No queremos rumanos”. Sus argumentos son claros: “el colectivo rumano-gitano se ha instalado para delinquir y robar”. Cosas así dice… Estos “no-soy-racista-pero” juegan con el miedo y utilizan de la manera más mezquina la crispación y el enfrentamiento. Qué poquita vergüenza.
Un vendaval de discriminación basado en falsedades y estereotipos barre Europa y propaga el miedo. Se rebajan derechos a costa de “seguridad”, para que se vote con los sentimientos en vez de con la razón. Y está dando resultados: véase Suecia, donde hasta la ultraderecha ha accedido al Parlamento. Es increíble que sigamos cayendo una y otra vez en la misma trampa de los vendedores de prejuicios, clasicismo e intolerancia... Los derechos humanos, la solidaridad y la tolerancia, en los tiempos que corren, son valores amenazados. Miedo me da.
Primero fue un pastor radical de una pequeña Iglesia cristiana de Estados Unidos, que no llevaba cabras pero que sin duda estaba como ellas, el que propuso una quedada para quemar ejemplares del Corán. En 30 años de vida pastoral este tío no consiguió más de 50 feligreses, pero en un solo segundo logró el odio y la indignación violenta de miles de fanáticos al otro lado del mundo.
Después, el presidente francés ponía en marcha su brillante plan de expulsar a gitanos rumanos y búlgaros. Para Nicolás Sarkozy esta gente sobra, y por eso hay que devolverlos a su país. Se van con los gastos pagados, pero con una mano delante y 300 euros en el bolsillo. Toda una lección de civismo, tolerancia y humanidad. Mientras, Zapatero, bajándose los pantalones, le da su apoyo. Yo creía que los ciudadanos de Rumanía, incluidos los gitanos, tenían libertad de movimiento por todo el continente como europeos que son. Pero parece que no. Lo peor de todo es que se culpabiliza a todo un colectivo de determinados “males” en vez de a cada uno como persona, ya sea gitano, blanco, latino, guapo o feo.
Y en un oportunismo asqueroso, la lideresa del PP en Cataluña, Alicia Sánchez Camacho, y una europarlamentaria de Sarko se fueron a buscar gitanos rumanos por un barrio de Badalona. Las dos juntitas esparcieron la semilla del odio, el racismo y la xenofobia, y buscaron votos hasta en lo más mísero. Les acompañaba todo un experto en estos espectáculos bochornosos, el colega de los folletos de “No queremos rumanos”. Sus argumentos son claros: “el colectivo rumano-gitano se ha instalado para delinquir y robar”. Cosas así dice… Estos “no-soy-racista-pero” juegan con el miedo y utilizan de la manera más mezquina la crispación y el enfrentamiento. Qué poquita vergüenza.
Un vendaval de discriminación basado en falsedades y estereotipos barre Europa y propaga el miedo. Se rebajan derechos a costa de “seguridad”, para que se vote con los sentimientos en vez de con la razón. Y está dando resultados: véase Suecia, donde hasta la ultraderecha ha accedido al Parlamento. Es increíble que sigamos cayendo una y otra vez en la misma trampa de los vendedores de prejuicios, clasicismo e intolerancia... Los derechos humanos, la solidaridad y la tolerancia, en los tiempos que corren, son valores amenazados. Miedo me da.
martes, 24 de agosto de 2010
La crueldad hecha espectáculo
(agosto 2010)
¡Qué brillante faena! Por mí se llevaría las dos orejas, el rabo, una ovación y 20 vueltas al ruedo como mínimo. Una vez más, Mariano Rajoy ha estado que se sale. “Algún día habrá que sacar un decreto en España que diga prohibido prohibir”, espetó en relación a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Por una extraña razón olvida que su partido se empeña en prohibir, entre otras cosas, el burka y determinadas huelgas. Se les ve el plumero un poco-mucho.
Prohibir los toros no significa recortar las libertades individuales. No es una cuestión de libertad del ser humano. Se trata de la libertad del toro y del respeto que merece como ser vivo. No se trata de prohibir, sino de no permitir este tipo de violencia. Esta noticia debería ser una alegría para todos los seres humanos con cierta sensibilidad y sentido común. Hagamos un profundo ejercicio de reflexión, y pensemos en el fondo de ese espectáculo. Es cruel, muy cruel. Miles de personas pagan para ver el maltrato y la humillación pública de un animal indefenso. Y eso se festeja, vitorea y aplaude. Es una salvajada donde el sufrimiento de un ser provoca regocijo y diversión.
No es excusa decir que es una tradición de siglos y que forma parte de nuestra cultura. Que una acción se venga produciendo a lo largo del tiempo no ofrece ninguna razón moral para seguir realizándola. Es un espectáculo sangriento más propio del siglo XIV que del XXI. No se puede matar ni hacer daño en nombre de una tradición. Las cuestiones éticas han de ser razones para replantearnos nuestras costumbres.
Además, es injusto relacionar esta decisión con motivos políticos y antiespañolistas. Hay que recordar que se trata de una Iniciativa Legislativa Popular avalada por 180.000 ciudadanos y que tiene apoyos en el resto de España. Hay muchos españoles en contra de eso que se empeñan en llamar “fiesta nacional”. Yo no me siento identificado con esa barbarie y no quiero una España de pandereta y circo.
Espero que esta iniciativa se extienda cuanto antes a otras comunidades, aunque va a ser complicado. Pero de momento, prohibir las corridas de toros en Cataluña es un gran paso. Es una decisión de la que tendríamos que estar contentos. Con ella los españoles, todos, somos un poco más humanos.
¡Qué brillante faena! Por mí se llevaría las dos orejas, el rabo, una ovación y 20 vueltas al ruedo como mínimo. Una vez más, Mariano Rajoy ha estado que se sale. “Algún día habrá que sacar un decreto en España que diga prohibido prohibir”, espetó en relación a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Por una extraña razón olvida que su partido se empeña en prohibir, entre otras cosas, el burka y determinadas huelgas. Se les ve el plumero un poco-mucho.
Prohibir los toros no significa recortar las libertades individuales. No es una cuestión de libertad del ser humano. Se trata de la libertad del toro y del respeto que merece como ser vivo. No se trata de prohibir, sino de no permitir este tipo de violencia. Esta noticia debería ser una alegría para todos los seres humanos con cierta sensibilidad y sentido común. Hagamos un profundo ejercicio de reflexión, y pensemos en el fondo de ese espectáculo. Es cruel, muy cruel. Miles de personas pagan para ver el maltrato y la humillación pública de un animal indefenso. Y eso se festeja, vitorea y aplaude. Es una salvajada donde el sufrimiento de un ser provoca regocijo y diversión.
No es excusa decir que es una tradición de siglos y que forma parte de nuestra cultura. Que una acción se venga produciendo a lo largo del tiempo no ofrece ninguna razón moral para seguir realizándola. Es un espectáculo sangriento más propio del siglo XIV que del XXI. No se puede matar ni hacer daño en nombre de una tradición. Las cuestiones éticas han de ser razones para replantearnos nuestras costumbres.
Además, es injusto relacionar esta decisión con motivos políticos y antiespañolistas. Hay que recordar que se trata de una Iniciativa Legislativa Popular avalada por 180.000 ciudadanos y que tiene apoyos en el resto de España. Hay muchos españoles en contra de eso que se empeñan en llamar “fiesta nacional”. Yo no me siento identificado con esa barbarie y no quiero una España de pandereta y circo.
Espero que esta iniciativa se extienda cuanto antes a otras comunidades, aunque va a ser complicado. Pero de momento, prohibir las corridas de toros en Cataluña es un gran paso. Es una decisión de la que tendríamos que estar contentos. Con ella los españoles, todos, somos un poco más humanos.
miércoles, 28 de julio de 2010
Una criatura escandalosa
(julio 2010)
Un abrazo, Santiago. Todos los informativos mostraron la semana pasada, con una normalidad asombrosa, al Rey pidiéndole al Apóstol que resolviera “cuanto antes” la crisis económica y defendiera la unidad de España. Así, tal cual. "El rey le pide al santo..." Como si fuera lo más normal del mundo. Y puestos a pedir, que sea rapidito. Espero que el señor Apóstol se apiade de nosotros y no se lo tome a mal, no sea que nos lo ponga todavía peor. No contento con eso, además se atrevió a indicarle la forma de hacerlo: "Iluminando a nuestras autoridades y responsables políticos, económicos y sociales”. Juan Carlos I dixit. Tú puedes, Santiago. Por cierto, ¿nuestro estado no era aconfesional? ¿Qué hace entonces el máximo representante de TODOS los españoles en un acto oficial invocando a un santo?
Preguntas retóricas aparte, qué fe tiene nuestro Rey. Poderes sobrenaturales tendría que tener el pobre Apóstol para cumplir ese deseo. Además, no creo que esté para esos trotes. A los políticos hace mucho que se les apagó la bombilla. Zapatero sigue a lo suyo, y amenaza con pedir más esfuerzos si fuera necesario (¿Más, José Luis?) Rajoy y los suyos siguen beneficiándose de la crisis, de los errores ajenos, con los que, si no hay milagro mediante, llegarán al poder. Lo tienen fácil, pero no es ningún mérito. Y de fondo, como un run run incansable a la par que molesto, los recortes. Hay que ahorrar dinero como sea, y a costa de lo que sea. Recortes en (casi) todo. En el gasto social, en la educación, en la sanidad… En casi todo menos en lo que realmente es necesario.
La tijerita de nuestros mandatarios andaluces ha llegado por fin al conglomerado de empresas públicas de la Comunidad. La criatura, a la que alimentamos todos, se ha convertido en un mastodonte formado por nada más y nada menos que 254 empresas públicas. ¿Y todas eran necesarias? 254, con sus respectivos cargos de confianza cobrando sueldos millonarios. Ahora se quedarán en 153. Se asegura desde la Junta que esta operación no perjudicará a la prestación de los servicios públicos ni afectará al empleo, pero de eliminar altos cargos no dicen nada de nada. Hay que reducir el gasto pero, ¿cómo se mata a la criatura? ¿Cómo se mata a esa criatura donde están colocados todos los amiguitos?
Un abrazo, Santiago. Todos los informativos mostraron la semana pasada, con una normalidad asombrosa, al Rey pidiéndole al Apóstol que resolviera “cuanto antes” la crisis económica y defendiera la unidad de España. Así, tal cual. "El rey le pide al santo..." Como si fuera lo más normal del mundo. Y puestos a pedir, que sea rapidito. Espero que el señor Apóstol se apiade de nosotros y no se lo tome a mal, no sea que nos lo ponga todavía peor. No contento con eso, además se atrevió a indicarle la forma de hacerlo: "Iluminando a nuestras autoridades y responsables políticos, económicos y sociales”. Juan Carlos I dixit. Tú puedes, Santiago. Por cierto, ¿nuestro estado no era aconfesional? ¿Qué hace entonces el máximo representante de TODOS los españoles en un acto oficial invocando a un santo?
Preguntas retóricas aparte, qué fe tiene nuestro Rey. Poderes sobrenaturales tendría que tener el pobre Apóstol para cumplir ese deseo. Además, no creo que esté para esos trotes. A los políticos hace mucho que se les apagó la bombilla. Zapatero sigue a lo suyo, y amenaza con pedir más esfuerzos si fuera necesario (¿Más, José Luis?) Rajoy y los suyos siguen beneficiándose de la crisis, de los errores ajenos, con los que, si no hay milagro mediante, llegarán al poder. Lo tienen fácil, pero no es ningún mérito. Y de fondo, como un run run incansable a la par que molesto, los recortes. Hay que ahorrar dinero como sea, y a costa de lo que sea. Recortes en (casi) todo. En el gasto social, en la educación, en la sanidad… En casi todo menos en lo que realmente es necesario.
La tijerita de nuestros mandatarios andaluces ha llegado por fin al conglomerado de empresas públicas de la Comunidad. La criatura, a la que alimentamos todos, se ha convertido en un mastodonte formado por nada más y nada menos que 254 empresas públicas. ¿Y todas eran necesarias? 254, con sus respectivos cargos de confianza cobrando sueldos millonarios. Ahora se quedarán en 153. Se asegura desde la Junta que esta operación no perjudicará a la prestación de los servicios públicos ni afectará al empleo, pero de eliminar altos cargos no dicen nada de nada. Hay que reducir el gasto pero, ¿cómo se mata a la criatura? ¿Cómo se mata a esa criatura donde están colocados todos los amiguitos?
miércoles, 23 de junio de 2010
Insulta, ¡tiene premio!
(junio 2010)
Es un tío culto y respetuoso, sí. “Guarra”, “zorra repugnante”, “puerca”… Qué bonitas metáforas. Eduardo García Serrano es un intelectual, y eso se nota. Marina Geli, la consejera catalana de Sanidad, tuvo que quedarse de piedra al escuchar semejantes palabros. Años de periodismo para decir ese comentario tan profundo, interesante y tan lleno de contenido. Supongo que estarán pensando en darle el premio Príncipe de Asturias, porque sin duda se lo merece.
El García Serrano este es un actorazo. Ofreció sus disculpas a la consejera catalana con unas palabras sentidísimas en un papel cargado de melodrama y poesía, digno de un Oscar. Es un perdón hipócrita y cínico. García Serrano no se arrepiente en absoluto de haber dicho lo que dijo. Es un aficionado al insulto. Al “periodista” se le llenaba la boca y parecía disfrutar como un enano llamando ‘maricón’ al socialista Pedro Zerolo y “maricona vieja” al escritor Antonio Gala, entre otras lindezas. Su boquita no se limpia ni con lejía.
Su deseo de sentirse “limpio” se queda sólo en la palabra. Lo que no cabe duda es que Eduardo García Serrano es un hombre, un católico de los buenos, de los pies a la cabeza, una persona decente y un buen amigo de los que sienten y piensan diferente. Que nadie se atreva a discutir eso. “Soy el mejor amigo de los gays”. Esa es su frase estrella.
Parece que insultar gratuitamente como lo hace este personaje tiene premio: le van a dar un programita para el sólo, por lo bien que lo ha hecho. A lo tonto se ha convertido en la Belén Esteban de la extrema derecha. Se le podrá ver el careto en esa televisión tan plural, respetuosa y aburridísima (por la monotonía de su discurso) llamada Intereconomía. Un canal que respeta y enarbola escrupulosamente aquello de servicio público, eso que casi todas las televisiones se pasan por el arco del audímetro. Ese canal que respeta las diferentes formas de pensar y que se lo está llevando calentito gracias a esta polémica.
Lo más triste de todo es que nadie hace nada por evitar estos espectáculos tan bochornosos. Esto no es libertad de expresión, es otra cosa, una cosa muy fea. Su discurso, y el de ese canal en general, va calando en el inconsciente colectivo y, a la larga, ayuda a alimentar el odio, la homofobia, el machismo, todo lo anticalatán… Y eso me da un miedo…
Es un tío culto y respetuoso, sí. “Guarra”, “zorra repugnante”, “puerca”… Qué bonitas metáforas. Eduardo García Serrano es un intelectual, y eso se nota. Marina Geli, la consejera catalana de Sanidad, tuvo que quedarse de piedra al escuchar semejantes palabros. Años de periodismo para decir ese comentario tan profundo, interesante y tan lleno de contenido. Supongo que estarán pensando en darle el premio Príncipe de Asturias, porque sin duda se lo merece.
El García Serrano este es un actorazo. Ofreció sus disculpas a la consejera catalana con unas palabras sentidísimas en un papel cargado de melodrama y poesía, digno de un Oscar. Es un perdón hipócrita y cínico. García Serrano no se arrepiente en absoluto de haber dicho lo que dijo. Es un aficionado al insulto. Al “periodista” se le llenaba la boca y parecía disfrutar como un enano llamando ‘maricón’ al socialista Pedro Zerolo y “maricona vieja” al escritor Antonio Gala, entre otras lindezas. Su boquita no se limpia ni con lejía.
Su deseo de sentirse “limpio” se queda sólo en la palabra. Lo que no cabe duda es que Eduardo García Serrano es un hombre, un católico de los buenos, de los pies a la cabeza, una persona decente y un buen amigo de los que sienten y piensan diferente. Que nadie se atreva a discutir eso. “Soy el mejor amigo de los gays”. Esa es su frase estrella.
Parece que insultar gratuitamente como lo hace este personaje tiene premio: le van a dar un programita para el sólo, por lo bien que lo ha hecho. A lo tonto se ha convertido en la Belén Esteban de la extrema derecha. Se le podrá ver el careto en esa televisión tan plural, respetuosa y aburridísima (por la monotonía de su discurso) llamada Intereconomía. Un canal que respeta y enarbola escrupulosamente aquello de servicio público, eso que casi todas las televisiones se pasan por el arco del audímetro. Ese canal que respeta las diferentes formas de pensar y que se lo está llevando calentito gracias a esta polémica.
Lo más triste de todo es que nadie hace nada por evitar estos espectáculos tan bochornosos. Esto no es libertad de expresión, es otra cosa, una cosa muy fea. Su discurso, y el de ese canal en general, va calando en el inconsciente colectivo y, a la larga, ayuda a alimentar el odio, la homofobia, el machismo, todo lo anticalatán… Y eso me da un miedo…
miércoles, 26 de mayo de 2010
Otro agujero al cinturón
(mayo 2010)
El fantasma del déficit público acojona a España y al resto de Europa. La mayor parte de los países europeos están elaborando o ejecutando planes para reducir sus números rojos, que son muchos y muy rojos. Toca apretarse el cinturón e, incluso, hasta hacerle otro agujero. Nuestros dirigentes nos piden más esfuerzos, y que los comprendamos, pero estamos exhaustos y cansados de consentir tanto.
Una de las medidas más llamativas del drástico recorte del gasto público planteado por el Gobierno incluye la reducción de un 5% del sueldo de los funcionarios. Es una decisión que cuenta con el apoyo ciudadano, a tenor de una encuesta: algo más de la mitad de la población avala esta medida. A nadie le gusta que le bajen el sueldo, pero lo más fácil y menos injusto (parece) que es bajárselo a los trabajadores públicos. Mientras que en el sector privado muchos trabajadores se han ido a la calle, tienen que vivir con la incertidumbre de cuánto durará su contrato, y se tienen que conformar con sueldos míseros, la situación de los funcionarios es, como poco, mucho mejor: tienen un salario fijo para toda la vida, que aumenta un poquito más cada tres años y saben que nunca pisarán una oficina del INEM a menos que vayan de visita (sé que me acabo de ganar la amistad de los 2,6 millones de funcionarios…).
Con estas medidas Zapatero se carga de un plumazo su bandera estrella, su seña de identidad, la política social, que tanto ha enarbolado. Ahora la aparca, tal vez obligado por el contexto que vivimos y sucumbiendo quizás a intereses. Porque hay otras muchas formas de reducir el déficit sin tocar el gasto social, como eliminar el fondo de ayuda a la banca, recortar las partidas militares o reducir las ayudas a la Iglesia católica.
Además, estas medidas llegan tarde. Llevamos más de dos años de crisis, ¿por qué no hizo un plan de reducción del déficit público cuando éste empezaba a crecer? El presidente del Gobierno asegura que “muchos ciudadanos no entenderán que les pida más esfuerzo”. Y cuánta razón tiene… ¿Cómo van a entender millones de funcionarios y pensionistas que ellos deban ser los que paguen la crisis mientras los causantes de la misma siguen tan cómodos en sus sillones?
El fantasma del déficit público acojona a España y al resto de Europa. La mayor parte de los países europeos están elaborando o ejecutando planes para reducir sus números rojos, que son muchos y muy rojos. Toca apretarse el cinturón e, incluso, hasta hacerle otro agujero. Nuestros dirigentes nos piden más esfuerzos, y que los comprendamos, pero estamos exhaustos y cansados de consentir tanto.
Una de las medidas más llamativas del drástico recorte del gasto público planteado por el Gobierno incluye la reducción de un 5% del sueldo de los funcionarios. Es una decisión que cuenta con el apoyo ciudadano, a tenor de una encuesta: algo más de la mitad de la población avala esta medida. A nadie le gusta que le bajen el sueldo, pero lo más fácil y menos injusto (parece) que es bajárselo a los trabajadores públicos. Mientras que en el sector privado muchos trabajadores se han ido a la calle, tienen que vivir con la incertidumbre de cuánto durará su contrato, y se tienen que conformar con sueldos míseros, la situación de los funcionarios es, como poco, mucho mejor: tienen un salario fijo para toda la vida, que aumenta un poquito más cada tres años y saben que nunca pisarán una oficina del INEM a menos que vayan de visita (sé que me acabo de ganar la amistad de los 2,6 millones de funcionarios…).
Con estas medidas Zapatero se carga de un plumazo su bandera estrella, su seña de identidad, la política social, que tanto ha enarbolado. Ahora la aparca, tal vez obligado por el contexto que vivimos y sucumbiendo quizás a intereses. Porque hay otras muchas formas de reducir el déficit sin tocar el gasto social, como eliminar el fondo de ayuda a la banca, recortar las partidas militares o reducir las ayudas a la Iglesia católica.
Además, estas medidas llegan tarde. Llevamos más de dos años de crisis, ¿por qué no hizo un plan de reducción del déficit público cuando éste empezaba a crecer? El presidente del Gobierno asegura que “muchos ciudadanos no entenderán que les pida más esfuerzo”. Y cuánta razón tiene… ¿Cómo van a entender millones de funcionarios y pensionistas que ellos deban ser los que paguen la crisis mientras los causantes de la misma siguen tan cómodos en sus sillones?
miércoles, 28 de abril de 2010
La separación necesaria
(abril 2010)
Muchos ríos de tinta, píxeles y voces han corrido acerca de Nawja Malha, la joven musulmana que fue expulsada de clase por acudir con la cabeza cubierta con el velo islámico. Relacionado con este debate, no podemos olvidar un asunto no menos importante: ¿para cuando una separación definitiva entre Iglesia (religión) y Estado? No nos equivoquemos, con ello no se pretende una persecución enfermiza contra la Iglesia Católica ni un ‘laicismo radical’ como podrían decir muchos. Seamos sensatos y justos. Es necesario hacerlo para cumplir lo que pone en nuestra Carta Magna, ni más ni menos.
El artículo 16 de nuestra Constitución dice claramente que nuestro estado es aconfesional. Si se le hiciera caso, no debería, pues, haber símbolos religiosos (de ninguna de las confesiones) en las aulas. Las clases en sí son un espacio público, pagado con el dinero de TODOS (creyentes y no creyentes), gestionado por representantes del Estado (de TODOS), y en el que trabajan profesores y alumnos de diferentes creencias. Por todo ello, es inaceptable que se incline hacia alguna de las religiones al exhibir alguno de sus símbolos. Otra cosa sería que los propios alumnos los lleven consigo. Portar un crucifijo en el cuello o un ‘hiyab’ en la cabeza forma parte de la identidad y personalidad del individuo. Es la expresión estrictamente personal de una pertenencia religiosa y, por tanto, no se puede prohibir.
A raíz de este asunto, también se ha dicho y escrito que los inmigrantes, especialmente los musulmanes, deben adaptarse a nuestras costumbres y tradiciones, ya que están en otro país y deben hacer lo que se haga en él. Así que de usar velo islámico, nada… ¿Y por qué nosotros no participamos también en ese ejercicio de ‘adaptación’? Es un argumento zafio, injusto y edulcorado con tintes xenófobos. A semejante muestra de ignorancia se podría contestar de muchas formas, pero sólo diré que nuestra identidad debe a ir a todas partes, vayamos donde vayamos, y nadie puede obligarnos a despojarnos de parte de ella.
Las libertades de movimiento, acción y expresión conforman las bases del sistema democrático. Sólo deben verse limitadas en el momento en que empiecen a dañar a los demás. Resulta difícil creer que puede hacer daño a otros alumnos el que una chica o un chico lleven tal o cual prenda, sea el famoso ‘hiyab’ o un ‘look skater’ con pantalones ‘cagados’ incluidos, con perdón.
Muchos ríos de tinta, píxeles y voces han corrido acerca de Nawja Malha, la joven musulmana que fue expulsada de clase por acudir con la cabeza cubierta con el velo islámico. Relacionado con este debate, no podemos olvidar un asunto no menos importante: ¿para cuando una separación definitiva entre Iglesia (religión) y Estado? No nos equivoquemos, con ello no se pretende una persecución enfermiza contra la Iglesia Católica ni un ‘laicismo radical’ como podrían decir muchos. Seamos sensatos y justos. Es necesario hacerlo para cumplir lo que pone en nuestra Carta Magna, ni más ni menos.
El artículo 16 de nuestra Constitución dice claramente que nuestro estado es aconfesional. Si se le hiciera caso, no debería, pues, haber símbolos religiosos (de ninguna de las confesiones) en las aulas. Las clases en sí son un espacio público, pagado con el dinero de TODOS (creyentes y no creyentes), gestionado por representantes del Estado (de TODOS), y en el que trabajan profesores y alumnos de diferentes creencias. Por todo ello, es inaceptable que se incline hacia alguna de las religiones al exhibir alguno de sus símbolos. Otra cosa sería que los propios alumnos los lleven consigo. Portar un crucifijo en el cuello o un ‘hiyab’ en la cabeza forma parte de la identidad y personalidad del individuo. Es la expresión estrictamente personal de una pertenencia religiosa y, por tanto, no se puede prohibir.
A raíz de este asunto, también se ha dicho y escrito que los inmigrantes, especialmente los musulmanes, deben adaptarse a nuestras costumbres y tradiciones, ya que están en otro país y deben hacer lo que se haga en él. Así que de usar velo islámico, nada… ¿Y por qué nosotros no participamos también en ese ejercicio de ‘adaptación’? Es un argumento zafio, injusto y edulcorado con tintes xenófobos. A semejante muestra de ignorancia se podría contestar de muchas formas, pero sólo diré que nuestra identidad debe a ir a todas partes, vayamos donde vayamos, y nadie puede obligarnos a despojarnos de parte de ella.
Las libertades de movimiento, acción y expresión conforman las bases del sistema democrático. Sólo deben verse limitadas en el momento en que empiecen a dañar a los demás. Resulta difícil creer que puede hacer daño a otros alumnos el que una chica o un chico lleven tal o cual prenda, sea el famoso ‘hiyab’ o un ‘look skater’ con pantalones ‘cagados’ incluidos, con perdón.
jueves, 25 de marzo de 2010
Los 'etarras' del súper
(marzo 2010)
Quienes ayer eran miembros de ETA, hoy son inocentes bomberos catalanes de vacaciones en Francia. Los pusieron como etarras en busca y captura, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo y sin pasar por la casilla de la debida presunción de inocencia. Y lo proclamaron a los cuatro vientos, difundiendo un vídeo en el que se les veía hacer la compra en un supermercado galo.
Es, sin duda, un clamoroso y estrepitoso fallo de las autoridades francesas, que tomaron como válida, ilusos y torpes de ellos, la palabra de Aspurz, etarra detenido, que no dudó en identificarlos como sus compañeros. ¿Acaso pensaban que iba a decir lo contrario? Si a esto se le une la sospecha, también tomada como verdadera, del vigilante de seguridad del supermercado que los identificó como españoles por su acento (hablaban en catalán), tenemos a los candidatos perfectos para ser terroristas. Según la poli gala, claro. Me pregunto qué parecido puede ver un francés entre un etarra y un bombero catalán. ¿Es que acaso los terroristas tienen una vestimenta específica? ¿Es que acaso llevar barba de varios días, vestir como un ‘montañero’, y ser fornido y joven ya quiere decir que seas etarra? Un cero para la policía francesa, que debería de haber hecho todas las comprobaciones oportunas antes de tirarse a la piscina.
Además, algunos compañeros periodistas han hecho el ridículo más espantoso haciendo hipótesis absurdas: sobre porqué llevaban bandolera, que si caminaban en formación, que si protegían al calvo del grupo por ser el jefe… “Nada más franquear la puerta, se detienen unos segundos y miran a los lados, como inspeccionando el establecimiento. Parecen no percatarse de la presencia de la cámara y se puede apreciar sus facciones. Después actúan como clientes normales”, relataba un diario de tirada nacional. Es que eran clientes normales, e inspeccionaban el establecimiento como cualquiera que llega a un supermercado, que se encuentra más perdido que un pingüino en África. Eso les pasa por suponer fiable e infalible a una fuente oficial. Es una norma básica: hay que contrastarlo todo, incluso lo evidente.
Los cinco bomberos catalanes pasaron la noche en la comisaría prestando declaración, acusados de algo que no eran. Según los expertos en Derecho Constitucional, probablemente no sean resarcidos por ese daño. Y lo peor de todo: nadie ha pedido perdón. Visto lo visto, cualquiera puede ser un criminal sin pasar antes por ser sospechoso. Es para preocuparse.
Quienes ayer eran miembros de ETA, hoy son inocentes bomberos catalanes de vacaciones en Francia. Los pusieron como etarras en busca y captura, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo y sin pasar por la casilla de la debida presunción de inocencia. Y lo proclamaron a los cuatro vientos, difundiendo un vídeo en el que se les veía hacer la compra en un supermercado galo.
Es, sin duda, un clamoroso y estrepitoso fallo de las autoridades francesas, que tomaron como válida, ilusos y torpes de ellos, la palabra de Aspurz, etarra detenido, que no dudó en identificarlos como sus compañeros. ¿Acaso pensaban que iba a decir lo contrario? Si a esto se le une la sospecha, también tomada como verdadera, del vigilante de seguridad del supermercado que los identificó como españoles por su acento (hablaban en catalán), tenemos a los candidatos perfectos para ser terroristas. Según la poli gala, claro. Me pregunto qué parecido puede ver un francés entre un etarra y un bombero catalán. ¿Es que acaso los terroristas tienen una vestimenta específica? ¿Es que acaso llevar barba de varios días, vestir como un ‘montañero’, y ser fornido y joven ya quiere decir que seas etarra? Un cero para la policía francesa, que debería de haber hecho todas las comprobaciones oportunas antes de tirarse a la piscina.
Además, algunos compañeros periodistas han hecho el ridículo más espantoso haciendo hipótesis absurdas: sobre porqué llevaban bandolera, que si caminaban en formación, que si protegían al calvo del grupo por ser el jefe… “Nada más franquear la puerta, se detienen unos segundos y miran a los lados, como inspeccionando el establecimiento. Parecen no percatarse de la presencia de la cámara y se puede apreciar sus facciones. Después actúan como clientes normales”, relataba un diario de tirada nacional. Es que eran clientes normales, e inspeccionaban el establecimiento como cualquiera que llega a un supermercado, que se encuentra más perdido que un pingüino en África. Eso les pasa por suponer fiable e infalible a una fuente oficial. Es una norma básica: hay que contrastarlo todo, incluso lo evidente.
Los cinco bomberos catalanes pasaron la noche en la comisaría prestando declaración, acusados de algo que no eran. Según los expertos en Derecho Constitucional, probablemente no sean resarcidos por ese daño. Y lo peor de todo: nadie ha pedido perdón. Visto lo visto, cualquiera puede ser un criminal sin pasar antes por ser sospechoso. Es para preocuparse.
viernes, 26 de febrero de 2010
Vuelve la peseta
(febrero 2010)
No sé cómo se las arregla, pero cada vez que reaparece la termina liando. Hay gestos que hablan por sí solos, que valen más que mil palabras y que describen a la persona que los hace. La ‘peseta’ de Aznar retrata a la perfección su talante y sus formas y lo envuelve en un halo de arrogancia inconcebible en un ex presidente del Gobierno.
Hay veces que somos esclavos de nuestras palabras y actos, que nos siguen pesando como una losa con el paso de los años. Los jóvenes estudiantes de la Universidad de Oviedo le han proferido palabras muy feas, que a lo mejor les ha salido del alma, pero que no se deben decir porque faltan al respeto. Y él les ha contestado haciendo lo mismo. Nada inteligente. Y los papeles, perdidos. Además, con ello demuestra lo poco que aguanta las críticas. Si todos los dirigentes políticos respondieran de esa forma a abucheos y voces discordantes tendrían que implantarse 20.000 dedos en las manos para hacer ‘pesetas’ y cortes de mangas. Pero no lo hacen, además de porque cuesta una pasta y no es viable, porque conocen de sobra las reglas del juego y tienen muy presente que no siempre se puede contentar a todo el mundo. Ya se sabe que es imposible que uno diga algo o actúe sin molestar a nadie. Pese a todo, siempre podremos pensar que ante tanto comentario amargo a lo mejor estaría deseando que le cayera un donut...
Más le hubiese valido dirigir este gesto a los etarras de ‘la roja’. Por una milésima de segundo pensé: “¡Hay que ver lo que une el futbol!”. Une a los españoles, que ya es difícil. Y une también a los que no quieren serlo, que es más difícil todavía... Tardé otra milésima de segundo en dejar de pensar semejante ‘tontá’. Ya nada en esta vida me sorprende pero ver a dos etarras vestidos con la camiseta de la selección española de fútbol es raro, raro, raro… y totalmente incoherente. Yo no haría una broma poniéndome una camiseta de un equipo de un país al cual no quiero pertenecer, que detesto, del que digo que me oprime, tortura y humilla y contra el que atento con crímenes, sangre, extorsión y terror. No tiene ni puta gracia. Pues nada, a ver el Mundial desde la cárcel, que seguro que están ansiosos. Es lo que tiene ser terrorista.
No sé cómo se las arregla, pero cada vez que reaparece la termina liando. Hay gestos que hablan por sí solos, que valen más que mil palabras y que describen a la persona que los hace. La ‘peseta’ de Aznar retrata a la perfección su talante y sus formas y lo envuelve en un halo de arrogancia inconcebible en un ex presidente del Gobierno.
Hay veces que somos esclavos de nuestras palabras y actos, que nos siguen pesando como una losa con el paso de los años. Los jóvenes estudiantes de la Universidad de Oviedo le han proferido palabras muy feas, que a lo mejor les ha salido del alma, pero que no se deben decir porque faltan al respeto. Y él les ha contestado haciendo lo mismo. Nada inteligente. Y los papeles, perdidos. Además, con ello demuestra lo poco que aguanta las críticas. Si todos los dirigentes políticos respondieran de esa forma a abucheos y voces discordantes tendrían que implantarse 20.000 dedos en las manos para hacer ‘pesetas’ y cortes de mangas. Pero no lo hacen, además de porque cuesta una pasta y no es viable, porque conocen de sobra las reglas del juego y tienen muy presente que no siempre se puede contentar a todo el mundo. Ya se sabe que es imposible que uno diga algo o actúe sin molestar a nadie. Pese a todo, siempre podremos pensar que ante tanto comentario amargo a lo mejor estaría deseando que le cayera un donut...
Más le hubiese valido dirigir este gesto a los etarras de ‘la roja’. Por una milésima de segundo pensé: “¡Hay que ver lo que une el futbol!”. Une a los españoles, que ya es difícil. Y une también a los que no quieren serlo, que es más difícil todavía... Tardé otra milésima de segundo en dejar de pensar semejante ‘tontá’. Ya nada en esta vida me sorprende pero ver a dos etarras vestidos con la camiseta de la selección española de fútbol es raro, raro, raro… y totalmente incoherente. Yo no haría una broma poniéndome una camiseta de un equipo de un país al cual no quiero pertenecer, que detesto, del que digo que me oprime, tortura y humilla y contra el que atento con crímenes, sangre, extorsión y terror. No tiene ni puta gracia. Pues nada, a ver el Mundial desde la cárcel, que seguro que están ansiosos. Es lo que tiene ser terrorista.
miércoles, 6 de enero de 2010
La psicosis del miedo
(enero 2010)
Comienza la aventura de volar. Espero un buen rato en la kilométrica cola y llega mi turno. Me tengo que quitar el cinturón, el reloj, la cartera, los anillos… y hasta los zapatos. Todo fuera. Después paso por el arco de seguridad y… ¡Pita! Era una moneda, que se quedó en el fondo del bolsillo. La pongo sobre la bandeja y vuelvo a pasar. Se ve que estoy hecho de algún compuesto metálico porque la máquina suena de nuevo. Todo el mundo me mira mientras el policía de turno casi me mete mano mientras me cachea. Pero no encuentra nada. “Estás ‘libre’ ”, pensé. Ahora solo queda ponerme de nuevo todos los objetos de los que me deshice cinco minutos antes. Mientras, mi cara muestra visos de indignación, que se va incrementando con el paso de los segundos. Me desespero y me cabreo cada vez que piso un aeropuerto para coger un avión. Me siento ridículo al tiempo que me pregunto en qué nos hemos convertido, en qué nos ha convertido esta psicosis del miedo.
Hemos perdido tanto desde los atentados del 11 de septiembre… La confianza, el respeto, la privacidad... Irremediablemente, nuestro estado del bienestar desapareció aquel día. El aumento de los controles en los aeropuertos, casi siempre cuando se producen intentos de atentados, no hace más que conducirnos a la espiral de la sospecha eterna, al clima en el que nadie confía en nadie, en el que todo el mundo observa de reojo al que tiene sentado al lado, con miradas de terror y sospecha. Y más aún si son personas con rasgos árabes. Somos así de necios.
Ilusos, nos creemos más seguros al pasar por todos los trámites de seguridad. Pero, ¿y lo que perdemos por el camino? La valiosa libertad, aparte de nuestro tiempo y desesperación. Y por si fuera poco, ahora también nuestra intimidad. A raíz del último intento de atentado en un avión con destino Detroit el día de Navidad, algunos países europeos y Estados Unidos han decidido introducir una nueva medida de seguridad. Se trata de escáneres que desnudan el cuerpo entero de forma virtual. Nos quedaremos desnudos de vergüenza.
Y todo este clima del miedo es culpa, como casi siempre, de unos pocos. De una panda de descerebrados que en nombre de una religión hacen cosas impensables y que nos han inoculado el virus del miedo para siempre. Y de algunos poderes públicos, que dan lugar además a brotes injustificados de racismo y xenofobia, alentados por la simpleza que nos caracteriza. Que varios países, entre ellos Estados Unidos, decidan cachear a todos los pasajeros procedentes de 14 estados considerados como ‘sospechosos’ de terrorismo no hace más que empeorar las cosas. Sin quererlo, todos esos ciudadanos están condenados a entrar en el mismo saco, a ser sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario.
Comienza la aventura de volar. Espero un buen rato en la kilométrica cola y llega mi turno. Me tengo que quitar el cinturón, el reloj, la cartera, los anillos… y hasta los zapatos. Todo fuera. Después paso por el arco de seguridad y… ¡Pita! Era una moneda, que se quedó en el fondo del bolsillo. La pongo sobre la bandeja y vuelvo a pasar. Se ve que estoy hecho de algún compuesto metálico porque la máquina suena de nuevo. Todo el mundo me mira mientras el policía de turno casi me mete mano mientras me cachea. Pero no encuentra nada. “Estás ‘libre’ ”, pensé. Ahora solo queda ponerme de nuevo todos los objetos de los que me deshice cinco minutos antes. Mientras, mi cara muestra visos de indignación, que se va incrementando con el paso de los segundos. Me desespero y me cabreo cada vez que piso un aeropuerto para coger un avión. Me siento ridículo al tiempo que me pregunto en qué nos hemos convertido, en qué nos ha convertido esta psicosis del miedo.
Hemos perdido tanto desde los atentados del 11 de septiembre… La confianza, el respeto, la privacidad... Irremediablemente, nuestro estado del bienestar desapareció aquel día. El aumento de los controles en los aeropuertos, casi siempre cuando se producen intentos de atentados, no hace más que conducirnos a la espiral de la sospecha eterna, al clima en el que nadie confía en nadie, en el que todo el mundo observa de reojo al que tiene sentado al lado, con miradas de terror y sospecha. Y más aún si son personas con rasgos árabes. Somos así de necios.
Ilusos, nos creemos más seguros al pasar por todos los trámites de seguridad. Pero, ¿y lo que perdemos por el camino? La valiosa libertad, aparte de nuestro tiempo y desesperación. Y por si fuera poco, ahora también nuestra intimidad. A raíz del último intento de atentado en un avión con destino Detroit el día de Navidad, algunos países europeos y Estados Unidos han decidido introducir una nueva medida de seguridad. Se trata de escáneres que desnudan el cuerpo entero de forma virtual. Nos quedaremos desnudos de vergüenza.
Y todo este clima del miedo es culpa, como casi siempre, de unos pocos. De una panda de descerebrados que en nombre de una religión hacen cosas impensables y que nos han inoculado el virus del miedo para siempre. Y de algunos poderes públicos, que dan lugar además a brotes injustificados de racismo y xenofobia, alentados por la simpleza que nos caracteriza. Que varios países, entre ellos Estados Unidos, decidan cachear a todos los pasajeros procedentes de 14 estados considerados como ‘sospechosos’ de terrorismo no hace más que empeorar las cosas. Sin quererlo, todos esos ciudadanos están condenados a entrar en el mismo saco, a ser sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario.
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