(enero 2010)
Comienza la aventura de volar. Espero un buen rato en la kilométrica cola y llega mi turno. Me tengo que quitar el cinturón, el reloj, la cartera, los anillos… y hasta los zapatos. Todo fuera. Después paso por el arco de seguridad y… ¡Pita! Era una moneda, que se quedó en el fondo del bolsillo. La pongo sobre la bandeja y vuelvo a pasar. Se ve que estoy hecho de algún compuesto metálico porque la máquina suena de nuevo. Todo el mundo me mira mientras el policía de turno casi me mete mano mientras me cachea. Pero no encuentra nada. “Estás ‘libre’ ”, pensé. Ahora solo queda ponerme de nuevo todos los objetos de los que me deshice cinco minutos antes. Mientras, mi cara muestra visos de indignación, que se va incrementando con el paso de los segundos. Me desespero y me cabreo cada vez que piso un aeropuerto para coger un avión. Me siento ridículo al tiempo que me pregunto en qué nos hemos convertido, en qué nos ha convertido esta psicosis del miedo.
Hemos perdido tanto desde los atentados del 11 de septiembre… La confianza, el respeto, la privacidad... Irremediablemente, nuestro estado del bienestar desapareció aquel día. El aumento de los controles en los aeropuertos, casi siempre cuando se producen intentos de atentados, no hace más que conducirnos a la espiral de la sospecha eterna, al clima en el que nadie confía en nadie, en el que todo el mundo observa de reojo al que tiene sentado al lado, con miradas de terror y sospecha. Y más aún si son personas con rasgos árabes. Somos así de necios.
Ilusos, nos creemos más seguros al pasar por todos los trámites de seguridad. Pero, ¿y lo que perdemos por el camino? La valiosa libertad, aparte de nuestro tiempo y desesperación. Y por si fuera poco, ahora también nuestra intimidad. A raíz del último intento de atentado en un avión con destino Detroit el día de Navidad, algunos países europeos y Estados Unidos han decidido introducir una nueva medida de seguridad. Se trata de escáneres que desnudan el cuerpo entero de forma virtual. Nos quedaremos desnudos de vergüenza.
Y todo este clima del miedo es culpa, como casi siempre, de unos pocos. De una panda de descerebrados que en nombre de una religión hacen cosas impensables y que nos han inoculado el virus del miedo para siempre. Y de algunos poderes públicos, que dan lugar además a brotes injustificados de racismo y xenofobia, alentados por la simpleza que nos caracteriza. Que varios países, entre ellos Estados Unidos, decidan cachear a todos los pasajeros procedentes de 14 estados considerados como ‘sospechosos’ de terrorismo no hace más que empeorar las cosas. Sin quererlo, todos esos ciudadanos están condenados a entrar en el mismo saco, a ser sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario.