(abril 2010)
Muchos ríos de tinta, píxeles y voces han corrido acerca de Nawja Malha, la joven musulmana que fue expulsada de clase por acudir con la cabeza cubierta con el velo islámico. Relacionado con este debate, no podemos olvidar un asunto no menos importante: ¿para cuando una separación definitiva entre Iglesia (religión) y Estado? No nos equivoquemos, con ello no se pretende una persecución enfermiza contra la Iglesia Católica ni un ‘laicismo radical’ como podrían decir muchos. Seamos sensatos y justos. Es necesario hacerlo para cumplir lo que pone en nuestra Carta Magna, ni más ni menos.
El artículo 16 de nuestra Constitución dice claramente que nuestro estado es aconfesional. Si se le hiciera caso, no debería, pues, haber símbolos religiosos (de ninguna de las confesiones) en las aulas. Las clases en sí son un espacio público, pagado con el dinero de TODOS (creyentes y no creyentes), gestionado por representantes del Estado (de TODOS), y en el que trabajan profesores y alumnos de diferentes creencias. Por todo ello, es inaceptable que se incline hacia alguna de las religiones al exhibir alguno de sus símbolos. Otra cosa sería que los propios alumnos los lleven consigo. Portar un crucifijo en el cuello o un ‘hiyab’ en la cabeza forma parte de la identidad y personalidad del individuo. Es la expresión estrictamente personal de una pertenencia religiosa y, por tanto, no se puede prohibir.
A raíz de este asunto, también se ha dicho y escrito que los inmigrantes, especialmente los musulmanes, deben adaptarse a nuestras costumbres y tradiciones, ya que están en otro país y deben hacer lo que se haga en él. Así que de usar velo islámico, nada… ¿Y por qué nosotros no participamos también en ese ejercicio de ‘adaptación’? Es un argumento zafio, injusto y edulcorado con tintes xenófobos. A semejante muestra de ignorancia se podría contestar de muchas formas, pero sólo diré que nuestra identidad debe a ir a todas partes, vayamos donde vayamos, y nadie puede obligarnos a despojarnos de parte de ella.
Las libertades de movimiento, acción y expresión conforman las bases del sistema democrático. Sólo deben verse limitadas en el momento en que empiecen a dañar a los demás. Resulta difícil creer que puede hacer daño a otros alumnos el que una chica o un chico lleven tal o cual prenda, sea el famoso ‘hiyab’ o un ‘look skater’ con pantalones ‘cagados’ incluidos, con perdón.
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