(septiembre 2010)
Primero fue un pastor radical de una pequeña Iglesia cristiana de Estados Unidos, que no llevaba cabras pero que sin duda estaba como ellas, el que propuso una quedada para quemar ejemplares del Corán. En 30 años de vida pastoral este tío no consiguió más de 50 feligreses, pero en un solo segundo logró el odio y la indignación violenta de miles de fanáticos al otro lado del mundo.
Después, el presidente francés ponía en marcha su brillante plan de expulsar a gitanos rumanos y búlgaros. Para Nicolás Sarkozy esta gente sobra, y por eso hay que devolverlos a su país. Se van con los gastos pagados, pero con una mano delante y 300 euros en el bolsillo. Toda una lección de civismo, tolerancia y humanidad. Mientras, Zapatero, bajándose los pantalones, le da su apoyo. Yo creía que los ciudadanos de Rumanía, incluidos los gitanos, tenían libertad de movimiento por todo el continente como europeos que son. Pero parece que no. Lo peor de todo es que se culpabiliza a todo un colectivo de determinados “males” en vez de a cada uno como persona, ya sea gitano, blanco, latino, guapo o feo.
Y en un oportunismo asqueroso, la lideresa del PP en Cataluña, Alicia Sánchez Camacho, y una europarlamentaria de Sarko se fueron a buscar gitanos rumanos por un barrio de Badalona. Las dos juntitas esparcieron la semilla del odio, el racismo y la xenofobia, y buscaron votos hasta en lo más mísero. Les acompañaba todo un experto en estos espectáculos bochornosos, el colega de los folletos de “No queremos rumanos”. Sus argumentos son claros: “el colectivo rumano-gitano se ha instalado para delinquir y robar”. Cosas así dice… Estos “no-soy-racista-pero” juegan con el miedo y utilizan de la manera más mezquina la crispación y el enfrentamiento. Qué poquita vergüenza.
Un vendaval de discriminación basado en falsedades y estereotipos barre Europa y propaga el miedo. Se rebajan derechos a costa de “seguridad”, para que se vote con los sentimientos en vez de con la razón. Y está dando resultados: véase Suecia, donde hasta la ultraderecha ha accedido al Parlamento. Es increíble que sigamos cayendo una y otra vez en la misma trampa de los vendedores de prejuicios, clasicismo e intolerancia... Los derechos humanos, la solidaridad y la tolerancia, en los tiempos que corren, son valores amenazados. Miedo me da.