(octubre 2010)
Ha pasado un mes de la ‘Huelga General’ y ya nadie se acuerda de ella. No ha servido para nada, y eso se sabía en el momento en que se convocó. Fue una pantomima desde el principio, una farsa pactada y planificada para que ninguno saliera perdiendo: los sindicatos no querían hacer daño a un gobierno que tampoco quería que fracasara el paro.
Y además, llegaba tarde, cuando el daño ya estaba hecho. Tiempo tuvieron los sindicatos para convocarla cuando la reforma laboral estaba tramitándose, y no cuando ya estaba en vigor. Pero no es de extrañar que tardasen tanto en dar el primer paso. Han formado parte de la maquinaria política que ha apoyado a Zapatero hasta la fecha, cómplices de un gobierno que les ha mantenido callados, millones mediante, mientras la cola del paro iba creciendo hasta niveles insostenibles. No sé quién de los dos se está riendo más de mí.
Más que una huelga general, fue un fracaso general: ni se consiguió el respaldo masivo que esperaban ni se paralizó el país, por mucho que se empeñen en decir lo contrario. Nadie se cree que la participación fuese del 70% de los asalariados, un porcentaje que en ocasiones multiplicaba hasta por diez los datos del Gobierno y las organizaciones empresariales. Cifras disparatadas e irreales que también se dieron respecto a la asistencia a las diferentes ‘manifas’ repartidas por todo el país.
Los piquetes coactivos fueron los protagonistas de la jornada. Se encargaron de obligar a la gente a no trabajar (y ríase usted de la libertad de huelga). Unos piquetes que también se dedicaron a paralizar el transporte por carretera, impedir la salida de los autobuses urbanos, y bloquear los mercados de abastos. Y todo por las malas. Pero olvidaban estos huelguistas que los avances se consiguen convenciendo con la palabra, no con el palo en la mano. La amenaza y la coacción no son el camino para luchar por nuestros derechos.
Los sindicatos quemaron su último cartucho en una huelga que se volvió contra ellos. Fueron los grandes perdedores, y deberían tomar nota de la lección. Porque han sido cómplices de una política económica que ha elevado el paro a casi cinco millones de personas. Porque muchos trabajadores no creen que defiendan sus intereses. Porque han creado una estructura de privilegiados alejada de los problemas reales de los trabajadores. Sindicatos: así, no. Yo no fui.
1 comentario:
¿De verdad crees que los sindicatos quemaron su último cartucho? Creo que es en lo único en lo que no estoy de acuerdo... Ni siquiera creo que esperaran realmente ese "respaldo masivo" por el que tanto rezaban. Ellos lo sabían y en el fondo no tenían el más mínimo interés en un seguimiento del 100 por 100. Si la gente les hubiera hecho caso, otro gallo habría cantado. Les habría pillado por sorpresa. Yo tampoco fui. Para qué...
Publicar un comentario