martes, 26 de abril de 2011

El fin del lamento

(abril 2011)

Es un escándalo de una magnitud intolerable. Más de cien políticos imputados en casos judiciales de corrupción van a estar presentes en las listas electorales de las próximas elecciones municipales y autonómicas. La mayoría de ellos, en las filas del PP y del PSOE, pero también en otros partidos minoritarios.
Intolerable, como lo es también que el asunto sirva de munición en el debate político diario. Con un desparpajo y una demagogia hiriente e insultante, los dos partidos mayoritarios se tiran a la cabeza todos los días los casos de corrupción del contrario. Han convertido en arma arrojadiza cualquier sombra de corrupción en los candidatos rivales. Cada uno recrimina a su antagonista la falta de ética, sin ver la viga en el ojo propio. Sin embargo, mantienen una ambigüedad moral para juzgar a los suyos. Resulta bochornoso escuchar las explicaciones de los dirigentes para salvaguardar a sus imputados, defendiendo lo indefendible y justificando lo injustificable. En vano, han realizado diversos intentos de pactar medidas o de crear sus propios códigos éticos para evitar la presencia de imputados en la vida pública. Códigos éticos de los que hipócritamente se dotan y que cínicamente no aplican.
Ante esto, la sociedad está perpleja, y en buena medida se ve arrastrada por la hipocresía reinante. Nos vemos desprotegidos y sin muchas salidas posibles ante esta situación que degrada lo público, genera desafección, desacredita a la clase política, y deteriora, y de qué manera, la democracia. Viendo esto, no me extraña nada que el tercer problema de los españoles sea precisamente la clase política, uno de los pilares básicos de la democracia.
Es grave el asunto. Y más grave me parece que nuestros políticos no muestren visos de cambio. Mientras se deciden a tomar nota del asunto y a llevar a cabo el tan necesario proceso de regeneración de una vez por todas, nos corresponde a los ciudadanos poner nuestro grano de arena para recuperar el prestigio de la política. Ha llegado el momento de exigirles honradez, eficacia, honestidad y seriedad. El pueblo tiene que dejar de actuar como un conjunto de plañideras que sólo lamentan, y al tiempo justifican, las actuaciones de los políticos. El próximo 22 de mayo tenemos una oportunidad para conseguirlo. Está en nuestras manos.